Reducir la violencia en la vida de los niños pequeños

La primera vez que la ONU publicó un informe global sobre la violencia dirigida contra los niños fue en el año 2006, que se vio marcado por la inquietud ante la falta de datos fiables. Algunos países no tenían absolutamente ningún dato: situación que incluso adolece de menor transparencia cuando se trata de los niños más pequeños. 

Lo que el informe sí reveló fue la magnitud del problema: se extiende a lo largo de países del hemisferio norte y del hemisferio sur; los cálculos apuntan a que al menos 275 millones de niños sufren violencia doméstica cada año; el 86% de los niños de 2 a 14 años sufre agresiones físicas o psicológicas, y una cantidad indeterminada se ve expuesta a la violencia en la comunidad. 

Este último aspecto es de particular preocupación en el continente americano y en Israel. En Latinoamérica, la violencia relacionada con el consumo de drogas aumenta a un ritmo alarmante. Nuestra propia investigación y la de proyectos llevados a cabo en esa región han hallado padres que se niegan a dejar salir a sus hijos fuera de casa, y a niños de 5 años que expresan su deseo de llegar a ser cabecillas del mercado de la droga en el futuro.

Este problema fue destacado en el proceso de planificación estratégica, debido a la especial vulnerabilidad de los niños pequeños y al profundo impacto que la violencia puede ejercer en su desarrollo durante toda la vida. 

Ante todo, los niños más pequeños son los más desprotegidos.  Físicamente son más débiles, tienen menos personas con las que hablar (si es que ya saben hablar) y son menos capaces de comprender y abordar las perniciosas consecuencias sociales y emocionales de la violencia. 

Investigaciones recientes en el ámbito del desarrollo cerebral han confirmado este punto, demostrando la particular sensibilidad del cerebro de los niños pequeños a niveles elevados de estrés emocional. Esta investigación plantea consecuencias similares tanto para los que son objeto de la violencia directa, como para los que únicamente la presencian.

El mejor predictor individual de la violencia en la vida adulta, tanto para la víctima como para el agresor, es haber experimentado violencia en la niñez. 

Nuestra investigación preliminar para determinar quién está abordando este problema, y cómo, halló importantes lagunas tanto en términos de la comprensión global del problema, como de la asignación de recursos para abordarlo. 

La financiación internacional es escasa, y los organismos públicos con autoridad sobre esta cuestión específica suelen ser muy débiles, carecen de recursos y están entre los últimos que tener en cuenta en las asignaciones presupuestarias. Muy pocas fundaciones privadas han asumido este problema, y ninguna de ellas lo ha hecho exclusivamente desde la perspectiva de los niños más pequeños. 

Tenemos un punto de apoyo en este ámbito, que podemos emplear para abrir nuevos caminos y complementar las actuales tendencias globales que favorecen los enfoques legislativos y las medidas de protección especial. Si bien ambas son necesarias, la legislación por sí sola no es suficiente, y existe una brecha en los esfuerzos por prevenir la violencia y tratar el problema de un modo que considere la especial vulnerabilidad de los niños más pequeños. 

Aunque únicamente en sus estadios iniciales, nuestra experiencia ha abarcado desde iniciativas basadas en la comunidad a la creación de ‘lugares seguros’ para los niños, campañas de concienciación, de reducción del estrés mediante incentivos económicos y de mejora de las políticas laborales, así como esfuerzos para evaluar y hacer un seguimiento de la seguridad infantil en formas que produzcan datos fiables. 

Cada una de estas iniciativas nos ha puesto en contacto con partes interesadas ‘poco usuales’, desde asociaciones de fabricantes en México a emisoras de radio comunitarias en Colombia: el tipo de nuevas relaciones que esperamos entablar en el futuro.

© 2012 Bernard van Leer Foundation | Mapa del sitio | Aviso de copyright | Protección de datos personales